Josefa Ros Velasco - La enfermedad del aburrimiento / Reseña

 




Josefa Ros Velasco - La enfermedad del aburrimiento por Paula Román Cañamero

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    Puede parecer que el estado de aburrimiento sea sintomático –casi exclusivamente– de nuestra época, de este tiempo que habitamos y en el que transcurrimos de manera fugaz mientras la vida (la nuestra como individuos) parece esquiva. En una época donde impera la estimulación ad perpetuum y la ociosidad a menudo resulta apabullante ¿puede haber espacio para experimentar –cualquier tipo de– aburrimiento?

Josefa Ros Velasco, en el libro que estas líneas ocupa, se ha centrado en el estudio y la investigación del aburrimiento entendido como una enfermedad que asola al individuo pero que, aunque parezca paradójico, es necesaria para que este sobreviva. En ese sentido, podemos hablar del aburrimiento como la antesala del cambio, una suerte de mecanismo adaptativo que previene al ser humano ante el estancamiento vital y la consecuente banalización de su existencia.

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de aburrimiento? Pongámonos socráticos unos instantes y reflexionemos sobre la definición de esta experiencia. Comúnmente referimos al aburrimiento como un estado temporal que experimentan los seres humanos, durante el que nos vemos incapacitados para realizar cualquier actividad debido a que los estímulos que el entorno nos proporciona son escasos o incluso nulos. En palabras de la autora, «el reloj se detiene y la vida se vacía de sensaciones, perdiendo todo su sentido y arrojándonos a una insoportable incomodidad en la que todos somos un mismo ser infeliz»[1].

Si bien esta definición alude certeramente a una tipología concreta de aburrimiento, en La enfermedad del aburrimiento Ros Velasco nos ofrece dos tipos más, relacionados con la concepción de ese estado con terminología clínica como es enfermedad, patología, crónico… Para Ros Velasco, se pueden distinguir tres tipos de aburrimiento:

1.      Situacional: aburrimiento “positivo” en la medida en que actúa como señal de aviso ante un posible estancamiento.

2.      Crónico: se trata de una patología experimentada por el individuo que le provoca un sufrimiento inevitable en tanto dicho padecer proviene de sí mismo.

3.      Situacional cronificado: aburrimiento cuya aparición está condicionada por el entorno en el que se encuentra el individuo.

La definición que hemos hecho se adecúa al primer tipo (situacional), el cual si se prolonga demasiado en el tiempo desemboca en el tercer tipo (situacional cronificado). Y este desenlace nos permite hablar del aburrimiento como enfermedad en la medida en que se vuelve una patología que experimenta el individuo a consecuencia del contexto en el que se halla. Dicho con otras palabras, si el individuo se ve continuamente sumergido en un aburrimiento causado por su entorno, su rutina, sus condiciones materiales… hará un giro interno hacia la pérdida del sentido y la banalización de su existencia. Será víctima del hastío existencialista.

Debemos hablar entonces de dos fases en la experiencia del aburrimiento: por un lado tenemos la reacción interna del individuo o de un grupo de individuos que comparten aburrimiento situacional y sienten la inminencia de un aburrimiento crónico al ver que las circunstancias no cambian. Por otro lado, tenemos la acción, la materialización del deseo de escapar de ese aburrimiento. Sin embargo, o bien la transfiguración interna experimentada es óptima pero el individuo es propenso a sufrir aburrimiento crónico, o las condiciones externas son tan inamovibles, que es imposible escapar del entorno causante de la patología[2].

Al igual que Cioran experimento una conmoción interna que le hizo alejarse intelectualmente de las enseñanzas recibidas y caminar por los márgenes del camino intelectualmente establecido, el individuo o grupo de individuos asolados por ese padecimiento deberían ser capaces de romper con el constriño que les oprime y banaliza su vida. Pero no siempre es posible. Por eso Ros Velasco incide en que el aburrimiento es un síntoma, una señal de que algo está fallando, es la fuerza motriz y el detonante; pero lo verdaderamente importante y lo que debería acaparar la atención de los estudiosos sobre el aburrimiento es el contexto.

¿Qué podemos encontrar en La enfermedad del aburrimiento? El libro, prologado por Carlos Javier González Serrano y seguido por la introducción sobre el estado de la cuestión y los temas a tratar en cada uno de sus ocho capítulos, ofrece una genealogía bastante completa del aburrimiento en Occidente. Se profundiza en su caracterización y los étimos que le han acompañado a través del tiempo usando las ópticas de la filosofía, la literatura, la psicología, o la neurología entre otras.

Los objetivos que la autora (se) plantea son logrados con éxito ya que al terminar su lectura se han asimilado los tipos de aburrimiento experimentables, la función adaptativa que este tiene y la importancia de dicho estado (eso sí, durante un periodo determinado de tiempo).

El lenguaje empleado es asequible a la par que técnico cuando es preciso, y la manera en la que está expuesta dicha descripción genealógica es amena e incluso entretenida. Las ideas están apoyadas en fuentes bibliográficas de diversas procedencias, desde textos religiosos, pasando por literarios y filosóficos, así como por estudios científicos sobre el aburrimiento.

Sin duda es una buena lectura en la medida en que tiende puentes a otras obras y autores, sembrando la curiosidad en todas aquellas personas que deciden sumergirse en sus líneas. Asimismo, es una obra a la que seguramente retornemos alguna vez, puesto que es un deleite en todos los sentidos.

¿Qué revestimiento crítico tiene esta obra? Creo que la propia abertura de las conclusiones que Ros Velasco ofrece es un punto a favor de la capacidad crítica del texto. No establece ningún juicio a favor o en detrimento del aburrimiento, ni a favor o en contra de las caracterizaciones que se han hecho, y se siguen haciendo de este a día de hoy.

Lo único que “pide” al lector o la lectora es que tome el aburrimiento como lo que es, un síntoma que nos mueve a cambiar la situación. Es un mal necesario, un dolor conveniente. El aburrimiento no es el problema porque no es un fin per se sino la herramienta que nos permite salir de esa zona de pseudo-confort (siempre que no haya factores neurológicos que provoquen que este sea crónico).

Y digo pseudo-confort porque nos hemos (mal) acostumbrado a habitar la incertidumbre y la crisis (económica, política, social y ecológica), a la falta de empleos en general, pero principalmente de empleos con condiciones dignas, a los precios elevados de los productos energéticos, alquileres, y productos de todo tipo, necesarios para subsistir… Nos encontramos en un estado de hastío, de cansancio existencial donde las previsiones futuras no son halagüeñas y la motivación individual (también social) para consumar cualquier cambio está anulada.

Estamos anulados. ¿Cuánto aburrimiento hemos de experimentar para que la transfiguración se haga efectiva y quede consumado algún cambio, por pequeño que sea?



[1] Cfr. Ros Velasco, Josefa (2022) La enfermedad del aburrimiento. Madrid: Ed. Alianza, p.25.

[2] En el libro, Ros Velasco distingue entre aburrimiento causado por agentes endógenos o provenientes del interior del individuo (principalmente factores psicológicos o neurológicos) o el causado por agentes exógenos, es decir, situacionales o materiales.


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