Ignacio Castro Rey - Sexo y silencio / RESEÑA-ENSAYO




Ignacio Castro Rey – Sexo y silencio por Juan Ignacio Iturraspe

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Termina la introducción del libro titulada “Encrucijadas del deseo en la normalización” diciendo que, “El erotismo de una viva libertad, que al ser libre ya no está obsesionada con el sexo, habría de comenzar porque nos sedujese de nuevo lo desconocido. En uno mismo y en la vida de los otros” (Castro, 2021: 26).

Con el característico estilo de Ignacio, estas páginas están cargadas con esa poesía suya[1] que afecta al lector tras una elaboración conceptual que prescinde de los pesados tratados académicos y esas delirantes homologaciones gramaticales para abrir la posibilidad a una intimidad con quien ha decidido adentrarse en este texto.

Recuerdo cómo fue que este libro cayó en mis manos hace un año aproximadamente. Fuimos, todo el equipo de redacción de Revista Hénadas, a dar unos cursos introductorios al pesimismo en la UAM. Estuvimos atravesados por complicaciones, equivocaciones, olvidos y mala suerte, pero aún así el curso brillo debido a la preparación individual de cada autor que presentamos en las jornadas. Entre días de ponencia tuvimos el tiempo para visitar Madrid, justo cuando la feria del libro estaba aconteciendo. Yo ya me había doctorado por aquel entonces y quería conocer en persona a mi tutora, Amanda Núñez García quien dirigió mi tesis con mucha paciencia, cariño y erudición.

Quedamos uno de esos días, precisamente en la abarrotada feria, puesto que Ignacio estaría por ahí y podíamos verle. La única vez que le vi fue en mi ponencia como doctor, ya que formó parte del tribunal junto con Emma Ingala y Francisco José Martínez.

Avanzamos por pasillos de gente movediza, ruido masificado, tres palabras al aire para dar señales, nervios por noséqué vergüenza momentánea y ahí estaba Ignacio rodeado de gente frente al puesto de Pre-Textos, la editorial con la que ha publicado este y otros títulos como Lluvia oblicua en 2020 y Ética y desorden del 2017. Este último fue uno de los textos que referencié en mis escritos sobre Tiqqun y el Comité Invisible ya que, al igual que pasa con Amador Fernández-Savater, se nota una huella fantasmagórica de sendos grupos anarquistas en sus palabras y en su estilo. Es normal, a mí también me marcaron, tal vez por eso en la contra-transferencia de la tesis doctoral Ignacio me dijese en broma que me denunciaría por plagio. Lo mismo pensé de él cuando le leí por primera vez. Hay ciertas resonancias de una comunidad imaginaria e invisible a la que pertenecemos y nos damos cuenta en estos pequeños encuentros.   

Allí. Saliendo del asfixiante gentío, Amanda es reconocida por el grupo con alegría, y yo, como su sombra saludo desde mi asiento de acompañante. Le estreché la mano, compartí dos palabras y luego volví a mi segundo plano donde crucé cualquier cosa con quien no recuerdo. Cierto es que no estoy hecho para estas situaciones. En el tête à tête incluso me siento cohibido. Tal vez haya algo en mi narcisismo que no se ha terminado de despegar, algo chicloso e impropio. Por eso me costó tanto realizar asociaciones libres en la clínica psicoanalítica.

Aún así, Amanda notó mi timidez a pesar de mis “bien, sí” y nos pusimos a ver unos libros, momento en el que me regaló esta copia que vengo reseñando con la anécdota de un encuentro.

Al cabo de un rato, empezamos a movernos. Una pareja se fue a magrearse a otro lado y el resto nos fuimos por ahí buscando una salida y algún lugar en el que tomar algo. Había gente muy variopinta. Me sentí dislocado la verdad. El único sentimiento de hogar que noté fue el de la compañía de mi directora de tesis. Era el gran día de Ignacio. Se notaba. Había una preocupación pasajera por la venta del libro y su promoción, pero viró hacia otros temas de los cuales yo era ajeno. Pasamos a saludar sin más. La cosa fue breve y solo pude intercambiar unas palabras con Castro, pero sentí el aura que le rodeaba. No únicamente por cómo se relacionaba con la cuadrilla que le acompañaba sino por su saber-estar particular, por esa presencia que, al menos en mi opinión, desprendía un aire de despreocupación y al mismo tiempo atención flotante. “Un tipo muy agradable” pensé, y luego agregué, “¿se parece un poco a cómo escribe?” dejando ello sin respuesta.

Dedicado el libro y guardado para otro rato, nos despedimos y hasta la próxima.

Al cabo de unas semanas me puse con él. Los prejuicios que portaba provenían de todo lo que leí de su producción, y sinceramente, hallé una lectura hermosa y propositiva, una lectura a posteriori de una cotidianeidad sexual que hallamos por doquier sino en el centro de nuestro día a día. La seducción, la violencia, el amor y los modos relacionales contemporáneos son transitados por elaboraciones conceptuales que Ignacio ha venido haciendo con un pulido tratamiento del texto que responde bien a aquello que escribió Lacan en sus Écrits, en “Función y campo de la palabra”: la función del lenguaje no es informar, sino evocar.

Tengo el libro con anotaciones, frases y párrafos subrayados (con lápiz). Hay unos cuantos que tenía pensados tratar en esta escueta reseña, pero reconozco que me gusta escribir como a David Lynch filmar películas de más de ocho horas. Es por esa razón por la que haré un esfuerzo por sintetizar algunos de estos disparadores que hallé mientras leía. Eso sí, esto puede tomarse como una crítica constructiva (o no) para la editorial: ¿por qué no ponen los pies de página en la misma hoja y no al final del capítulo?

Dejando de lado estas cuestiones técnicas de la publicación vayamos al texto.

Castro nos invita a pensar la sexualidad sin órganos. Podríamos pensar que se nos está invocando a Deleuze y Guattari y su famoso cuerpo sin órganos, y no andaríamos errados. De hecho, lo que plantea Ignacio es desencorsetar la sexualidad de las prisiones del porno[2], de la eficiencia, de un cierto saber que más que preguntar y dar lugar a lo desconocido ya tiene la respuesta. Estas conclusiones, prejuicios, con los que asaltamos al otro codifican el encuentro y lo que acontece. Reina la temporalidad del “rapidito” ya que hay muchas cosas que hacer en la metrópoli, en la casa, en la institución, etc. Una sexualidad sin órganos invoca la posibilidad de erotizar otras partes del cuerpo. Como cita el filósofo al final del mismo párrafo al activista zapoteco xidza Kiado Cruz, “lo asombroso es el cuerpo, no el sexo” (Castro, 2021: 33). De hecho, lo que se cultiva es el desencuentro a favor de “una especie de autismo provocador y de alto rendimiento” (Ibid.). El dispositivo higiénico (que afecta no solo al cuidado exhaustivo, compulsivo y obsesivo del cuerpo sino al lenguaje[3] donde deben reinar la persuasión, la culpa, los tejemanejes, la velación de ciertos afectos que distorsiones o interrumpan la eficiencia del propósito seductivo, etc.) del cual ya habló Tiqqun cuando nos presentó a La jovencita[4] actúa como preservativo en sí mismo (Ibid.).

Esta higiene que consiste en cierta pulcritud maquínica y productiva de un modo relacional orgánico oculta, margina y atrofia en el peor de los casos una presente carestía afectiva desde la cual pueden casar dispositivos productivos de un sujeto contemporáneo neoliberal[5]. “Es este empeño nuestro por desnaturalizar y desvitalizar a fuerza de explicitar” (Castro, 2021: 35) lo que nos lleva a pulir constantemente la calidad de nuestro feedback, de nuestro feed metropolitano, etc. Pero algo resiste la idea y por mucho fármaco que interfiera, el cuerpo acaba por desbordarla. Como cita Ignacio a Roland Barthes “mi cuerpo no tiene las mismas ideas que yo” (Castro, 2021: 37). Contra este “feudalismo anímico” (Ibid.) una buena dosis de desconocimiento, de improvisación, de palabras que hagan de la voz una entidad no tan monstruosa en nuestro cuerpo, un escucha que requiere sacarse la cera de los oídos para hacer hermosas velas que generen una atmósfera de exploración, de misterio, vergüenza derretida.

No sabemos porqué nos gusta una persona u otra de más allá. Camille Paglia, citada por Ignacio, recuerda que “seguimos sin saber prácticamente nada del misterio de la catexis, de la concentración de libido en ciertas cosas o personas[6]” (Castro, 2021: 38). Este saber que no se sabe entra en crisis justamente por estar rodeados de respuestas de todo tipo y para todo suceso cotidiano. Aún sigue funcionando ese discurso, en pleno siglo XXI, que habla de la procreación y la reproducción de la especie y los machos Alpha, Beta y comparar la vida celular con los encuentros sexuales reduciendo el coito a un mero intercambio genético para la mejora de la especie, and so on, and so on. Todo está ya dicho sobre lo que no tiene palabras y resiste a ellas.

Como dirá el filósofo, “un agujero es un pasillo de conexión con la invisibilidad que nos habita, al mismo tiempo que insinúa el templo de la más inviolable intimidad” (Castro, 2021: 39) y prosigue más adelante señalando que

Penetrar, acariciar, lamer un orificio es acariciar un interior que sólo tiene bordes, labios y paredes para señalar una entrada. Y en cierto modo, una entrada sin salida, sin marcha atrás. Una vez dentro, nada es lo mismo. De ahí la prevención frecuente del que penetra y del que es penetrado. Entrar en un orificio es acariciar el pasillo por el que un cuerpo es así, peculiar y secreto. También es, por tanto, cuidar su posibilidad de ser otra cosa. (Castro, 2021: 40).  

Otra cosa. Una subjetividad que no separe la esencia de la existencia como hacen los hombres que se enredan en pensamientos abstractos que les cubren y exhortan a realizarse en nombre de noséqué idea de masculinidad o feminidad. Psicoanalíticamente hablando hemos estado asumiendo un tipo de discurso cuyo recurso es el circuito cerrado de la posición masculina. Las respuestas sobre las que erigimos nuestros abanderados y heredados saberes matan con su exposición y participación del universal la singularidad y particularidad del caso por caso. En este sentido no hay más que cosa por cosa. Como bien recuerda Castro de Jacques Lacan hablando de la formulación lógica de la sexuación, no existe algo así como LA mujer sino “esta mujer” (Castro, 2021: 42). Ese “no-todo” que experimenta la usencia de LA totalidad se contrapone a la constante “necesaria y posible” aparición de la demanda y ejercicio de una universalidad cuya existencia se da precisamente por su separación, abstracción, hipostasis y desprecio del cuerpo (a pesar de sumirse en miles de dispositivos biopolíticos).

El que nos encontremos desde hace ya un tiempo títulos como “El fin de la masculinidad”[7] del psicoanalista y filósofo argentino Luciano Lutereau o conferencias en las que se exploren nuevas formas de masculinidad es síntoma de que algo intenta curarse (Castro, 2021: 56) frente a una voz que tímida fue abriéndose paso hasta nuestros días, con oleajes, con manifestaciones, con concienciación, con narrativas que salen a la luz, con documentación de hechos, con creaciones de redes afectivas y la proliferación de una afinidad siempre abierta. Se ha venido madurando desde “una savia terrenal y contingente que no puede entrar sin una turbulencia” (Ibid.). Precisamente sucede esto cuando uno acude a la clínica psicoanalítica. Tras las entrevistas preliminares y el trabajo del analizante el deseo se manifiesta para los demás como molesto, incoherente, disidente, obtuso incluso. Ya no es lo mismo. No necesariamente se rompen relaciones de pareja, amistades, carreras universitarias, familias, etc., pero si suele pasar que esa roca que es el inconsciente, ese monstruo que se alimenta de la repetición, cuando se introduce la diferencia cambia la comprensión de los encuentros cotidianos con la pareja, amistades, carreras universitarias y un largo etcétera.

Esta especie de “renacimiento” se da cuando, como dice Castro, uno se atreve a “abandonar, romper, […] estar solo [,] ser odiado” (Castro, 2021: 63). Hay un cierto componente errático en todo esto. No hay universales, ni estamentos sagrados más que para aquellos que repiten una y otra vez la misma cantinela (Ibid.). La crisis de la presencia de la que habla Tiqqun no es que estemos inflados de preguntas, sino que estamos rodeados de respuestas, de una moralina neoliberal que nos asedia por doquier y de la que todos podemos ser agente (de ahí que los dispositivos no sean visibles sino infecciones del discurso del hablante). La crisis de la presencia pasa por quedarnos en la ilusión de la línea recta sin ver que “todo son rodeos, atajos, bifurcaciones, desvíos” (Ibid.). Un devenir-cosa difiere del devenir-caso. Para sanear la presencia lo imposible de lo contingente tiene un lugar en la cotidianeidad. El sexo, dice Castro, “es un pasillo para acercarse y cambiar, para conocer un sí mismo atravesado de antemano por relaciones desconocidas y cópulas ancestrales” (Castro, 2021: 64).

Obviamente ello supone un riesgo cuyas consecuencias pueden ser no solo traumáticas sino mortales. La agresividad y la violencia que se desprenden del embrutecimiento característico del narcisismo cabalgante debido a una carestía afectiva cuya pobreza se adecúa a una baja sexualidad rebajados los niveles de erotismo y elevado panóptico coleccionista de imagos que conforman[8], sintetizan, un sujeto sexual deprimido, suicida y cachondo. Como decía Amador Fernández-Savater en su último libro mencionando al Comité Invisible: “Quien teje en su vida cotidiana relaciones de mierda solo podrá hacer una política de mierda” (Fernández-Savater, 2021: 70).

Es por esta razón por la que considero que la propuesta de Ignacio requiere de una cierta conciencia de sí, de un trabajo personal si lo prefieren, que tenga presente las derivas tóxicas y obsesivas, ilegales incluso, que forman parte de lo que nos resulta atractivo (Castro, 2021: 67). No se trata de tener encuentros profilácticos[9] con los demás (cosa de la que ya hablamos más arriba) sino de coartar esta tendencia a la hipostasis, a sumirse en la confortable crisis de la presencia y su puritanismo, reconocer las imaginerías (casquería gore) que intrusivas se cuelan entre nuestros pensamientos. El deseo es lo que nos protege del goce y al mismo tiempo el que nos dirige a él. El deseo puede pesarnos, aplastarnos, molernos a palos y al mismo tiempo salvarnos del aburrimiento y la planicie mortal de la obturación del universal.

Lo que se menciona en estas páginas es una experimentación del amor y el sexo que no se consuma en un “rapidito” sino que la “intensidad anómala de esos días de fiebre, [es necesaria para] amar la duración como prolongación del encuentro, amarlo en otra duración por venir. Amar la duración como una contingencia que revive, sosteniendo su riesgo” (Castro, 2021: 68). Otra conciencia temporal del espacio que se abre con la aparición momentánea del amor, esa catexis de procedencia desconocida, fijación de la libido. Para girar un objeto y apreciar sus facetas se requiere tiempo. La presentación geométrica puede hacerse con formulaciones matemáticas o bien la visión volumétrica del objeto en el espacio. Como señalaba Edmund Husserl[10] de quien mira las anotaciones, los cálculos, los resultados de la experimentación es quien lo lee, quien percibe esas hojas sujetas a un portafolios. El observador puede mirar lo objetivo a costa de no serlo. En tal caso la conciencia se objetiva, coagula en una síntesis momentánea siendo un modo perceptivo.

Esta duración invoca tomar la atención sobre aquello que adviene. El amor, sus intensidades, la sexualidad y sus éxtasis son lugares donde la temporalidad de cada gesto lleva a saberes difícilmente alcanzables, a cierto privilegio intelectual proveniente del dolor, de lo sucio, lo promiscuo, la carne, etc., portándonos a la posibilidad de sabiduría o cierta ascética solitaria (Castro, 2021: 71).

Hay en este sentido que nos evoca Castro una invitación a la exploración, a no dar un paso atrás cuando tenemos delante un cuerpo sin órganos, a no renunciar a la prudencia sino a tomarla como la búsqueda de una salida de emergencia por si todo se tuerce o, como decía Deleuze, aprender a dosificar el consumo lo suficiente para no matarse en la experimentación.

El cuerpo no tendría que formar parte del sector servicios donde reina la precariedad y la dependencia (Castro, 2021: 74), sino allí donde renace una forma-de-vida que resquebraja las vidrieras de un estilo-de-vida del permanente imperio de lo diurno (Ibid.). Devolver el secreto, el misterio mediante la desaparición, el exilio, lo ambivalente y difuso que da vida al erotismo y por ende al amor y al sexo, “porque una persona que se haya atrevido a vivir, ha tenido que morir muchas veces” (Castro, 2021: 75). Pero, ¿qué supone devolverle el misterio al amor? A no hacerlo pasar por encima de una vacío sino a reconocernos llamados por nuestro nombre allí donde lo escuchamos (Castro, 2021: 79). Ello supone, nuevamente, una tarea de escucha, de apertura y amplificación de la percepción, cosa que ya mencionó Ignacio en su libro Ética y desorden del 2017[11]. El cuerpo traiciona al yo (Castro, 2021: 90). No se puede tener un cuerpo, controlarlo, encorsetarlo, parar toda fuga, etc., es el cuerpo quien nos tiene a nosotros, donde quedan grabadas las huellas de lo traumático, ese desierto que somos (Castro. 2021: 90-91). “Hay que escuchar al desierto que llevamos dentro para poder decidir qué contingencias son nuestras y cuáles no” (Ibid.).

El encuentro que no ha sido capado de su acontecer permite vislumbrar esta posibilidad del otro sin el Otro, resultando en constataciones como que “el sexo nunca es el mismo” (Castro, 2021: 104). Puesto que no existe este Otro no quiere decir que no aparezca eventualmente, que retorne, en situaciones en las que estamos desbordados (estar a las puertas de un hospital, en las trincheras antes de la guerra, antes de una entrevista laboral, preparándonos para una cita, etc.). La cuestión está en que este Otro ocupe todo el espectro de nuestra cotidianeidad, que no podamos dejar de pensarle y pensarnos masoquistamente. Rebajar su presencia supondría reconocer que el individualismo de nuestros tiempos es un atentado contra el cuidado de sí (Castro, 2021: 108),

es un moralismo fisiológico de masas que se organiza bajo el auspicio de lo que se llamó biopoder, aunque en Weber se nombró como el espíritu del capitalismo. Ya no se trata del pecado, sino de algo objetivo y demostrado estadística, científica e informativamente. Se trata de hacer tal cosa, y no tal otra, porque es bueno para la salud” (Castro, 2021: 109).

Amar supone desvincularse de esta repetición que hace del cuerpo una industria, estable, rentable, etc., “un ethos de esterilidad y limpieza” (Castro, 2021: 110). Del mismo modo, como recuerda Ignacio, el “abecé del mercado” está presente como algo objetivamente vinculado con la búsqueda de la felicidad y la posibilidad de alcanzarla a través de una “independencia desolada y disponible, con su culto narcisista a la autenticidad, […] de la anorexia anímica que el capitalismo ha instalado en el cuerpo de los afectos, de los sentimientos y las relaciones” (Castro, 2021: 113). Desde este lugar remoto y atomizado nos protegemos del dolor del amor, de la caída que supone, de las obsesiones y compulsiones que aparecen, de la lista de pensamientos provenientes de las contradicciones a las que no hemos prestado atención porque la tenemos en sostener la relación, que no muera, que no desfallezca la posibilidad del Love®. Hay una comunidad oscura, como indica Castro, que no queremos ver ya que no entra dentro de nuestra mirada repleta de cálculos paranoides y celopáticos. La solución a esta deriva viene por nuevamente esa soledad del individuo, un aislamiento terrenal, una deriva solitaria capadora de vínculos (Castro, 2021: 122). La libertad no consiste en reconocer los saberes de los que somos dependientes sino deshacernos de las relaciones que nos pesen (Castro, 2021: 126). No quiere decir esto, como decía el Comité Invisible, tener amistades de mierda, sino ver qué es lo mío en este vínculo, ¿por qué pesa? ¿por qué noto la gravedad?

El amor es una presencia vacía. Se hace manifiesto un saber que no se sabe. Eso pesa y en muchas ocasiones provoca un desgarro gravitacional. El capitalismo no soporta el amor, así, “por eso necesita acumular y expandir a toda marcha” (Castro, 2021: 140). Una acumulación constante y (por favor diosito mío) que no se me acaben los recursos para mis maquinistas. Adiós al erotismo y bienvenida la seducción. Ciao amigos, hola “¿tienes mi contacto verdad?”. ¿Dónde está el silencio si es menos soportable que el ruido y la tralla diaria y rutinaria? El silencio, como al cuerpo, se lo busca tener. Mandar a callar, hacer silencio, poner el mute paradójicamente permite que el ruido campe a sus anchas. Encubierto el dolor del amor y el éxtasis del erotismo reinan los primeros planos del porno hardcore. “Represión por llenado” (Castro, 2021: 146).

Amar conlleva constatar dos cosas: la jodienda de lo que nos separa y la imposible consumación de la ilusoria consumación sexual (Ibid.). Aún con todo sigue apareciendo este Otro. No se irá jamás, estructuralmente lo tenemos en el lenguaje. Por eso Lacan decía que no existe algo así como un ateo. Pero esto no supone convertirme en una pyme, sino por el contrario rebajar la presencia del Otro dar paso al otro. Atentar contra la cultura de la elevación y pasar a la sublimación. Dejar de lado paulatinamente una “económica indiferencia” (Castro, 2021: 165) y retornar al odio y al amor, movernos desde la soledad consciente y asumir los paraderos dolientes del amor. Esta sexualidad que deducimos de las palabras de Ignacio es una cuyo devenir pasa por la formación de una comunidad singular tras el encuentro, de un retiro solitario de ese entre-dos en el que se homenajean sendos individuos. Contradecir el discurso capitalista pasa por precisamente amar y recobrar la fuerza del sexo que fue plastificado y homogeneizado (Castro, 2021: 170) a favor de una universalidad que nace de lo contingente que es el amor (Castro, 2021: 204).

Esta plastificación y homogeneización pasa por una primera división para, a posteriori, rejunte nuevamente todo en el simulacro. Ansiedad y sus fármacos, patologías aceleradas y excitación pausada de una tarde de series. Como dice acertadamente Castro a la pornografía le falta “la suciedad de una relación real” (Castro, 2021: 216). Estresados por mil cosas, dispositivos de control y disuasión, consenso por aquí, democracia simulada más allá, en el porno-coito hay una mirada que sujeta la demanda de eficiencia, pulcritud y, más importante, su demostración reiterada (Castro, 2021: 218). Para ello es necesario que se cape todo lo que interrumpa, ensucie e impida ser expuesto. “Ni inconsciente, ni silencio, ni tiempos muertos […] todo debe ser desnaturalizado por el puritanismo de la exposición” (Castro, 2021: 219).

El historial sexual desde la rúbrica pornotópica nos lleva a tomar nuestras experiencias sexuales como un catálogo de cuerpos donde lo sucedido puede ser medibles, comparables e incluso mejorable, como si estuviésemos haciendo turismo sexual y de cuerpos (Castro, 2021: 220) o perfeccionando un coche eléctrico términos de eficiencia y rentabilidad.

Ni pornografía, ni un discurso capitalista del amor, ni seducción sin fin, ni una nueva política amorosa o una ética sexual (moral fisiológica). Nada de estos desastres productivos. El amor no tiene nada que ver con la política ni la justicia (Castro, 2021: 240), sino que entorpece el devenir capitalístico de esta subjetividad neoliberal contemporánea. Su aparición molesta, es insidiosa. El amor aparece para, como dice Sarah Ahmed en La promesa de la felicidad sobre sí misma en conferencias públicas y tertulias familiares, aguar la fiesta. No se trata de recobrar lo que se perdió, porque no deja de aparecer, día a día, lo que le falta es su proliferación y su defensa. Lo que habría que promover sería una reinvención del amor a través de una apertura al mismo. Recobrar en tal caso, como dirá Castro, una “atemporal inocencia” (Castro, 2021: 243) y agregaríamos informada.

Un lectura más que recomendada, no sólo por lo que no se ha podido incluir en esta reseña sino por el estilo de la escritura de Ignacio capaz de inferir en la cotidianeidad del lector sin recurrir a abstracciones conceptuales sino más bien bajándolas y viéndolas circular por el fango.

 

Bibliografía

Castro Rey, Ignacio (2017) Ética del desorden. Pánico y sentido en el curso del siglo. Valencia: Ed. Pre-Textos.

Fernández-Savater, Amador (2021) La fuerza de los débiles. El 15M en el laberinto español. Un ensayo sobre la eficacia política. Madrid: Ed. Akal.

Husserl, Edmund (2008) La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental (trad. Julia V. Iribarne) Argentina: Ed. Prometeo.

Lacan, Jacques (1998) Escritos 1 (trad. Tomás Segovia) Argentina: Ed. Paidós.

Lutereau, Luciano (2020) El fin de la masculinidad. Cómo amar en el siglo XXI. Argentina: Ed. Paidós.

 



[1] La cual en mi opinión (y la de unos cuantos colegas) le hace muy citable o como dirían los millenials “quotable”.

[2] Donde se puede ver como “los cuerpos se mezclan sin tocarse” (Castro, 2021: 216).

[3] “La relación sexual perfecta no se improvisa: se decide, se organiza, se planifica. Incluso en el amor, hay que hablar el lenguaje de la gestión, que siempre se realiza con una sana distancia. “Seduzca con utilidad. No se canse excitando a cualquier” (Castro, 2021: 34). La sexualidad, explicaba Bataille hablando del erotismo, el éxtasis y su relación con la muerte no es que nos lleve a cierta perfección teológica (que como señala Castro debe ser ritualizada con micromanagement) sino a una cercanía vital, una diferencia, un quiebre en la cotidianeidad, la presentación fenoménica de una conciencia temporal distinta. En su novela, Historia del ojo, Bataille mediante la exageración de su narrativa y la transgresión de las escenas que presenta busca, en mi opinión, esa discontinuidad que nada tiene que ver con la gestión de la sexualidad. No nos estamos refiriendo aquí, como gusta mencionar a un amigo la entrada en la vida cotidiana de cierto ungaunguismo, sino su desplazamiento y amplificación de un espectro de autonomía que difiere de este corsé neoliberal que aplana el cuerpo afectivo en nombre del cuerpo eficiente. Cfr. Bataille, Goerges (1995) Historia del ojo (trad. Margo Glantz) México: ed. Letra E.  

[4]  Tiqqun (2012) Primeros materiales para una teoría de la Jovencita. Seguido de «Hombres-máquina: modo de empleo» (trad. Diego L. Sanromán & Carmen Rivera Parra) Madrid: Ed. Acuarela & A. Machado.

[5] “Estamos dominados por un neoliberalismo existencial, un moralismo orgánico para el cual el cuerpo, su estado bruto, sería el último bastión de propiedad, y a la vez el coto de caza, donde una vida individual presionada al límite y expropiada ampliamente de autonomía espiritual encuentra su modo de desquite. Se nos resta cualquier independencia anímica y mental, excepto el desahogo de la “libertad de expresión”. A cambio, se nos concede un cuerpo experimental, vacío, como la última propiedad negociable” (Castro, 2021: 37).

[6] Lo jodido, creo, es que toda esa posibilidad que se abre desde el desconocimiento del porqué de las catexis se ha transferido a la iluminada contra-catexis, con el gusto por negar esa insidiosa y flechada pulsión cuyo desconocimiento desconcierta. Recogidas las muestras de lo efectos que produce y desconocida su causa, su porqué, se satura la misma a fuerza de negación rellenando lo sucedido con movimiento contra-catécticos que bien pueden denominarse “medidas preventivas”, que nada tienen que ver con la dosificación o la prudencia a la que apuntaban Deleuze y Guattari.

[8] “El narcisismo es […] una falsificación del amor propio. Confunde el devenir de una existencia con su historia, su original espectro nocturno con su seguridad diurna. […] Precisamente el encanto de una persona proviene de la vibración en ella de un ángulo muerto distinto a su ideología, su identidad y su lenguaje” (Castro, 2021: 87).

[9] “Nuestro contacto con lo real se ha vuelto profiláctico para rehuir cualquier grumo de opacidad, de contagio o conflicto. Por razones obvias y no tan obvias, esto afecta particularmente a las mujeres, desde la higiene a la estética” (Castro, 2021: 110).

[10] Husserl, Edmund (2008) La crisis de las ciencias europeas y la fenomenología trascendental (trad. Julia V. Iribarne) Argentina: Ed. Prometeo.

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